Era semejante a un prisionero, y el alma era mía, y el tiempo inamovible; que siga viajando el mundo y yo muriendo. Quizá haya también la noticia de tu muerte y el instante detenga al propio instante. Quizá existan silencios que muevan la historia, que intuyan discretos la esencia de tus ojos y que tus manos sean frías y distantes como hielos... Comprendo a esos dioses que hablan en vacío, que hacen que el llanto caiga en infinito y aman a los labios que vuelven de la nada. Comprendo que no puedo ser..., más allá no existo, pudiendo acercarme, siendo incierto y todo inacabo para estar en cualquier parte muriendo lentamente... Pero hay odios que se mantienen, bellezas que parpadean y luego más tarde mienten vacías, infinitas posibilidades del ser que surgen irrepetibles y se muestran inertes por un precario espacio de tiempo... Uno solo, como único, en una distancia casi extensa, en una amplitud de lo incierto con una ambigüedad loca que mantiene lo completo y habla y permite... La muerte es tan sólo un encuentro irrespetuoso con la vida, un insulto, una forma perenne de desmaterializarse y convertirse en un sueño sonámbulo que despedazado muestra un cálido y magnífico estado del instante. No seamos palabra, ambiguamente y coma invencibles pasemos a otro lugar más afín, más cierto..., más neutral.