La mayoría de los inmigrantes que llegaban al barrio de Vallecas en el Madrid de los años 50 se alojaron en el Cerro del Tío Pío, Pozo del Tio Raimundo y el barrio de Palomeras. En los años 70 las humildes chabolas dieron paso a la explosión urbanística de hoy. Vallecas crecía al rítmo de sus gentes. Querían sobrevivir, y con ellos, sus familias. Era una gran fuerza humana que cohabitaba con un mundo marginal, aumentando, con el esfuerzo de ellos, el valor del barrio, En una alegoría perfecta como apuesta sin par, en un pulso con la vida.