Raquel Herrero Alverola nació en otoño, en el seno de una familia humilde y numerosa, en un pueblo llamado La Granja de San Ildefonso. Conocido por su palacio, sus fuentes y jardines, su Museo de Vidrio Contemporáneo, etc. Sus recuerdos de la niñez son en gran medida recuerdos dolorosos que marcaron sin duda alguna su forma de ser y actuar en la vida. En la pubertad convirtió la escuela en su refugio. Se propuso también adquirir conocimientos necesarios para algún día, lo más cercano posible, poder salir de aquel hogar en el que ella no se sentía arropada ni comprendida. Acabados sus estudios y obligada por las circunstancias, se puso a trabajar. Le hubiera gustado seguir estudiando, pero no pudo ser, su condición humilde no se lo permitia. Con apenas veinte años recien cumplidos se encontró casada con un hombre con el que tan sólo tuvo una relación de pareja de ocho meses. Ambos necesitaban por entonces cariño y comprensión. Quizás por ello aceleraron su unión. En apenas seis años de matrimonio se encontró siendo madre de cuatro criaturas. A ellos y por ellos dedico su vida desde entonces y hasta el día de hoy. Su relación de pareja se veía seriamente resentida en más ocasiones de las deseadas. Ninguno de los dos quería fracasar ni como pareja ni como padres. Pero eran muy jovenes y la carga emocional y física que soportaban se les hacia muy pesada y difícil de llevar. Con no pocos esfuerzos, pero siempre por amor, consiguieron mantenerse unidos mientras sus hijos crecían fuertes y sanos. Superados los problemas pudo dedicarse con absoluta libertad a lo que toda su vida ha querido hacer, y por innumerables motivos no había podido. Y mientras escribe se siente relajada y cercana a la felicidad momentánea, pues cree que la felicidad completa no existe. A pesar de todo lo pasado y vivido hoy no cambia a su familia de entonces ni a la actual por nada del mundo. A grandes rasgos está es su vida y esta es ella. Mujer de cuarenta y cinco años dispuesta a recuperar en la medida de lo posible el tiempo perdido.